La gestión pesquera

Se espera que, antes de entrar en propuestas promocionales de la pesquería se realice un estudio que permita determinar cuáles serían las especies objetivo, cuál el volumen de su biomasa, cuáles serían los períodos de vedas reproductivas, cuál sería el efecto ecosistémico de su explotación, para llegar a determinar una tasa anual de captura por especie. De esta información se deriva la capacidad de bodega que debería tener una flota con intención de incursionar en la actividad extractiva, la cuota anual de extracción, las cuotas individuales a asignar y los períodos de pesca. Solo entonces podríamos pretender introducir mayor esfuerzo pesquero sobre el ecosistema marino de Humboldt.

26 de septiembre de 2026

EL FUTURO DEL MAR DEPENDE DE LA ANCHOVETA

 

EL DESTINO DEL MAR PERUANO ESTÁ EN LA ANCHOVETA

 

 

 


EL PROPOSITO DEL ARTICULO

La anchoveta es el nodo trófico que gobierna el ecosistema de Humboldt; sin embargo, el Estado la administra mediante reglas fijas sobre un sistema inherentemente variable. Este artículo incorpora tres elementos clave a la discusión: la secuencia histórica de colapsos encadenados que comenzó con la llegada de la flota atunera en la década de 1940, la evidencia de crecimiento y morfología que explica el colapso de la merluza, y el balance de externalidades de la industria de harina de pescado.

El propósito principal de esta investigación es demostrar la relación directa entre la disponibilidad de la biomasa de anchoveta y la subsistencia de sus especies dependientes, especialmente la merluza en sus tallas medianas y grandes. A través de este análisis, se postula que la disminución de la anchoveta —motivada por factores climáticos y la presión antropogénica— ha impactado negativamente en los niveles poblacionales de otros recursos clave del sector.

El informe completo en PDF se encuentra el  link que se brinda al final y debería ser leído por todos quienes vivieron y siguen viviendo las consecuencias del manejo político de la pesquería. El tema es largo, pero para su entendimiento no basta leer titulares o resúmenes ejecutivos, debe leerse completo.

La pesquería peruana tiene una historia compleja que debe ser preservada para las nuevas generaciones. Lamentablemente, la inmediatez del mundo moderno nos empuja a consumir solo titulares o resúmenes, lo que dificulta el entendimiento cabal de la realidad y fomenta opiniones sesgadas. El manejo político de la pesquería ha dejado consecuencias profundas; por ello, invitamos a revisar el informe completo en PDF disponible en el enlace al final de esta nota. El destino de nuestro mar es un tema extenso y vital que no puede entenderse a medias: exige una lectura profunda.

 EL MAR NO ESPERA: EL FIN DE LA PESCA PREDECIBLE EN EL PERÚ

En el Perú, la regulación pesquera opera bajo la premisa de que el mar es un sistema cuasi estable, predecible y lineal. Sin embargo, la evidencia científica demuestra lo contrario: el Pacífico sudeste es un ecosistema dinámico, sujeto a variaciones constantes impulsadas por factores oceanográficos y climáticos a escala de corto plazo, decadal y secular.

Este problema estructural ya resulta insostenible. El marco legal y tributario del sector se diseñó sobre el supuesto falso de que los recursos marinos son fijos. Fenómenos como El Niño y La Niña alteran drásticamente la temperatura del agua y la biomasa disponible en cuestión de meses; de hecho, la abundancia de las especies varía incluso dentro de un mismo año. A pesar de esta volatilidad, el Estado insiste en planificar y recaudar mediante reglas rígidas, provocando un choque crítico entre la realidad biológica y la política pública.

Las consecuencias de este descalce van más allá de lo ambiental; impactan directamente en los ámbitos económico y fiscal. Al aplicar mecanismos rígidos de acceso y cobro sobre un recurso altamente variable, el Estado genera dos distorsiones simultáneas: en periodos de alta productividad, desaprovecha la captura de la renta pesquera; en años de escasez, impone una carga regulatoria desproporcionada sobre los administrados. En ambos escenarios, el resultado es idéntico: se destruye la eficiencia en la asignación de recursos y se debilita la capacidad estatal para gestionar la renta marina.

Fenómenos como El Niño y La Niña alteran la temperatura del agua y la cantidad de peces en pocos meses. La abundancia de especies no es constante ni siquiera en un mismo año.

A pesar de esto, el Estado sigue planificando y cobrando con reglas rígidas. Este choque entre la biología real y la política pesquera genera graves ineficiencias.

En ambos casos, el resultado es el mismo: pérdida de eficiencia en la asignación de recursos y debilitamiento de la capacidad del Estado para gestionar adecuadamente la renta marina.

El debate de fondo no radica en si el Perú debe explotar sus recursos pesqueros, sino en si cuenta con las herramientas idóneas para gobernar un sistema natural inherentemente inestable. A la luz de la ciencia, la respuesta es una verdad incómoda: no. Persistir en una regulación diseñada para un océano estático dejó de ser un simple error técnico; es una decisión política con costos económicos acumulativos que erosionan la competitividad del sector, la sostenibilidad fiscal y la resiliencia del Estado frente a los shocks climáticos.

El Perú necesita dar un salto conceptual urgente: pasar de una política pesquera basada en supuestos de estabilidad a una gestión enfocada en el riesgo y la variabilidad. Esto implica repensar desde los derechos de acceso hasta los mecanismos de captura de renta, incorporando de manera real —y no meramente declarativa— la ciencia oceánica en la toma de decisiones.

Mientras este cambio no ocurra, el Estado seguirá administrando un mar dinámico con reglas fijas. En ese desfase silencioso entre la naturaleza y la burocracia se juega buena parte del futuro de nuestra economía pesquera.

Si hacia la presente década el régimen marino se vuelve menos favorable para la anchoveta y más propicio para la sardina, el jurel y la caballa, la prioridad nacional no debe ser la defensa ciega de las cuotas de anchoveta. El verdadero reto es prepararse para procesar nuevas especies, lo que exige transformar plantas, reconfigurar líneas de proceso, obtener certificaciones sanitarias y conquistar mercados distintos. Reconvertir la infraestructura y abrir canales de exportación toma entre cinco y diez años, no un simple ciclo de veda. Si este cambio de régimen ya comenzó, el país ya va tarde.

Las evidencias científicas revelan que la disponibilidad espacial y temporal de la biomasa de anchoveta condiciona la estabilidad y productividad de otras especies clave del ecosistema peruano. Este factor impacta directamente en el empleo, las exportaciones y la sostenibilidad de todo el sistema. Por ello, se debe reconocer formalmente lo ocurrido históricamente con la merluza y discutir con seriedad —sin descalificar a quienes plantean el debate— la interacción entre la extracción industrial de anchoveta para harina y la disponibilidad de alimento para las especies que dependen de ella.

En el pasado, quienes extraían, procesaban y exportaban merluza, cumplieron estrictamente con las cuotas fijadas por el Estado; aun así, perdieron la actividad sin recibir compensación ni alternativas.

La actitud del Estado para con la industria reductora de harina de anchoveta, es de protección y de apoyo, lo que resulta legítimo hoy y siempre. Lo que se debe censurar es que el Estado ni protegió ni apoyo a la industria merlucera en su momento. Los que sobrevivieron, sin apoyo, lo hicieron dedicándose a la pota sin mayor compensación por parte de las autoridades de pesquería.

Un sector que se niega a revisar sus errores está condenado a repetirlos.

LA ANCHOVETA: EJE DEL ECOSISTEMA Y DE LA POLÍTICA PESQUERA

La anchoveta no es un recurso pesquero más: de su abundancia o escasez depende toda la cadena de valor del sector. Gestionar la anchoveta es administrar el mar. Pese a que la ciencia confirma que esta especie articula y rige el ecosistema marino, la política pesquera peruana insiste en tratar a las especies como compartimentos aislados, bajo un enfoque reduccionista y antropocéntrico. Minimizar su rol no es un fallo técnico; es una decisión política con un alto impacto sistémico.

Si la anchoveta cae, todo el sistema se trastoca. Su disminución reduce las poblaciones de especies ecológicamente dependientes —como aves guaneras, mamíferos marinos y peces de alto valor comercial (jurel, caballa, bonito y merluza)— y altera a sus especies asociadas (samasa, sardina peruana y juveniles). Esto desata un desorden ecológico que fractura el sistema. El colapso poblacional nunca empieza en los grandes depredadores: comienza en la base.

Sin embargo, las reglas económicas y administrativas del sector no han internalizado esta volatilidad. Se recauda, regula y planifica como si la base biológica fuera estable, olvidando que se gestionan organismos vivos y no recursos inertes como la energía eléctrica o los hidrocarburos. Este desajuste entre la biología y la política es el origen de múltiples ineficiencias.

El problema no es solo ambiental, sino socioeconómico y fiscal. Cuando el Estado diseña mecanismos rígidos de acceso y cobro de derechos sobre un recurso altamente variable, genera dos distorsiones simultáneas: en años de alta productividad, la renta marina no se captura plenamente; en años de escasez, la carga regulatoria resulta desproporcionada. En ambos escenarios, el resultado es el mismo: se pierde eficiencia en la asignación de recursos y se debilita la capacidad estatal para gestionar la riqueza del mar.

Lo que está en discusión no es si el Perú debe o no explotar sus recursos pesqueros. La verdadera discusión es si el país cuenta con la madurez institucional para diseñar una gobernanza que entienda que la sostenibilidad ecológica es la única garantía de la viabilidad económica.

 ¿POR QUÉ SE LLEGÓ A LA CRISIS EN LA INDUSTRIA DE LA MERLUZA?

Las medidas biológicas para la conservación de la merluza eran teóricamente correctas, siempre y cuando la información en la que se basaban hubiese sido exacta. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿lo era? Y más aún, ¿lo es ahora en el caso de la anchoveta y otros recursos?

Dentro de este escenario, la flota artesanal del país representa el primer eslabón en la cadena de abastecimiento de materia prima. Por ello, los precios que recibe deben ser justos y dignos. Esto solo se lograría si el producto final alcanza un alto valor agregado, si su precio internacional compite con lealtad y si el empresario reconoce tanto el valor real del recurso como la necesidad de pagar sueldos justos.

No obstante, existe un componente que casi siempre se omite: la infraestructura. Sin una cadena de frío, desembarcaderos modernos y accesos viales adecuados, hablar de un "precio justo" para el pescador artesanal es mera retórica. En Paita, por ejemplo, las pérdidas causadas por deficiencias logísticas se descuentan directamente del pago al pescador, nunca del margen del comercializador. La cadena pesquera no se ordena solo regulando precios; se ordena ejecutando obras. Quien exporta sabe perfectamente que el rechazo del producto por problemas de calidad casi siempre se origina en la tierra, no en el mar.

Alcanzar la armonía en toda la cadena pesquera se traduciría en una bonanza económica creciente para el país, la generación de empleo permanente, una mejor alimentación popular y la protección efectiva tanto del recurso como del medio ambiente. Asimismo, consolidaría un entorno sano y atractivo para las inversiones que el sector necesita para modernizarse.

Si un organismo científico carece de eficiencia técnica, independencia frente a presiones externas y el liderazgo de los mejores especialistas, la gestión pesquera continuará bajo el control de burócratas desactualizados que defienden intereses particulares en detrimento del bienestar nacional. En este escenario, la flota artesanal constituye el eslabón primordial en la cadena de suministro de materia prima; por ende, los precios que recibe deben ser justos y dignos. Este equilibrio se alcanzará únicamente si el producto final posee un alto valor agregado, si su precio en el mercado internacional compite en condiciones de lealtad y si el sector empresarial reconoce tanto un valor justo por el recurso como salarios dignos para sus trabajadores.

Existe un eslabón que casi siempre se omite: la infraestructura. Sin una cadena de frío eficiente, desembarcaderos modernos y accesos viales adecuados, el "precio justo" para el pescador artesanal no es más que retórica. En Paita, por ejemplo, las mermas ocasionadas por deficiencias logísticas se descuentan directamente del pago al pescador, jamás del margen del comercializador. La cadena de valor no se ordena con discursos sobre precios, sino con obras concretas. De hecho, cualquier exportador sabe que el rechazo de un producto por problemas de calidad se origina casi siempre en la gestión en tierra, no en las faenas de alta mar.

El problema de fondo es que el Estado no aplicó una política de conservación oportuna, probablemente por un exceso de confianza en la información científica disponible. Una conservación eficaz de la especie habría requerido de una concertación previa y el otorgamiento de un plazo razonable. Esto hubiera permitido reconvertir los esfuerzos de la industria merlucera hacia otras especies, minimizando el impacto negativo en los ámbitos social, laboral, financiero y comercial del negocio.

Faltó, sobre todo, una búsqueda conjunta de alternativas. Ante esto, cabe preguntarse: ¿existió responsabilidad de los funcionarios del IMARPE de aquellos años? Culpar exclusivamente a la industria fue un error: los armadores pescaron lo que el Estado les permitió y no lo que quisieron. Si el IMARPE se equivocó, nunca lo reconoció ni actuó en consecuencia.

Además, la pesca convive intrínsecamente con el factor aleatorio. Predecir el comportamiento de la naturaleza y su impacto en la biomasa es una tarea compleja. Por ello, la actividad pesquera exige el mejor soporte científico posible. Esto demanda potenciar al máximo al IMARPE y reestructurarlo conforme a ley, perfeccionando la información técnica que sirve de base para la toma de decisiones políticas. Para lograrlo, los funcionarios y científicos deben ser designados formalmente y no bajo la figura de "encargados". Asimismo, deben cumplir con perfiles de alta exigencia, poseer los más altos estándares profesionales y carecer de sanciones o denuncias vigentes. Los perfiles requeridos para los cargos de alta dirección jamás debieron flexibilizarse.

La externalidad institucional es, sin duda, la que genera mayor indignación. Se manifiesta en el poder económico capaz de instrumentalizar la ciencia a su conveniencia, atribuyendo el colapso de la merluza a los eufáusidos mientras descalifica —por supuesto interés de parte— a quien señale la causa real, tal como ocurrió en su momento.

Por su parte, la externalidad distributiva cierra este círculo vicioso: los beneficios se concentran en un grupo selecto de titulares de derechos, mientras que los perjuicios se socializan entre los pobladores costeros. Así, un puñado de grandes corporaciones captura la renta de un recurso que la Constitución declara patrimonio de la Nación. En contraste, el pescador artesanal, el habitante de la caleta, quien sufre la contaminación de las plantas, quien vio desaparecer la corvina y la cojinova de su mesa o quien perdió su empleo tras el colapso de la merluza, asume los costos sin recibir compensación alguna.

Si bien las cuotas individuales transferibles optimizaron la eficiencia extractiva, también consolidaron la concentración económica. Al ser transferibles, migraron naturalmente hacia los grandes capitales, cumpliendo con el diseño intrínseco del instrumento. Así, la pesquería se ordenó, pero la distribución quedó irresuelta. Un régimen donde la ganancia es privada, concentrada y legal, mientras el daño es público, difuso y huérfano de compensación, no representa un modelo de gestión; constituye, en realidad, una transferencia sistemática de riqueza desde el litoral hacia unos pocos balances financieros.

En consecuencia, el balance neto para el país es negativo. El argumento de que el sector genera divisas y empleo es insuficiente si no se cuestiona a qué costo y quién lo paga. Debe asumirse que de la anchoveta depende el sostenimiento del ecosistema marino de Humboldt.

 

“LA ANCHOVETA COMO NODO CENTRAL DEL ECOSISTEMA MARINO DE HUMBOLDT” constituye la segunda parte de este informe y puede bajarse en siguiente link:

 

https://www.dropbox.com/scl/fi/4go471hidvv1ozhhdcoub/LA-ANCHOVETA-COMO-NODO-CENTRAL-DEL-ECOSISTEMA.pdf?rlkey=7bgz3y8wpaf9ltn9n5m8vtcw0&dl=0

 

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